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Friday, November 11, 2011

Sobre la Medicina (I)

Querido blog, queridos lectores, por respeto hacia vosotros evitaré todo tipo de excusas estilo "siento no haber escrito hasta ahora", entre otras cosas porque si no he escrito hasta ahora es porque no me ha dado la gana, y punto.  Pero algo me ha hecho cambiar de opinión, algo bastante sencillo y rápido, tan usual e intranscendente como una pequeña discusión.  Ya sabéis, esas discusiones en las que tú intentas mantener la calma (o eso crees) y mantener un debate más o menos formal, mientras tu interlocutor profiere gritos y acusaciones sin fundamento que interrumpen tu línea de razonamiento.  Pues bien, me ha pasado ahora mismo, pero lo interesante del caso es que tenía que ver con la Medicina, y eso es algo de lo que no he escrito todavía.

Había oído, y temido, que gran parte de la población española no se fía de los "matasanos" de turno, de amenazas contra personal sanitario, violencia física, psicológica, insultos, demandas y demás.  Como suele ocurrir con este tipo de cosas, uno las imagina lejanas, irreales, algo así como la guerra de Iraq, reportajes de telediario que una vez acaban mandamos directos al baúl de los recuerdos.  Pero resulta que estaba equivocado, el desprecio hacia la más antigua y valiosa de las profesiones es un hecho, y puedo probarlo.  ¿Qué me diríais si os hablase de estudiantes universitarios, en proceso de formación intelectual avanzada y ya legalmente adultos, que consideran al sector médico poco más que una panda de científicos chiflados?  Pues es cierto, y aunque no diré nombres, me avergüenza y me duele en lo más profundo del alma.  Palabras como "esos sólo buscan experimentar y probar cosas nuevas, no les importa la persona que tienen delante" o "sólo quieren operar para divertirse" hacen que uno se plantee de veras si vale la pena seguir con esto.  Y es que la Medicina no tiene sentido si los futuros pacientes mantienen estas opiniones.

Lo admito, yo no estoy estudiando Medicina por vocación; no he sentido esa "llamada de socorro" que te empuja a auxiliar al enfermo y aliviar al dolorido.  Yo soy de esos que pretenden aprender, estudiar una ciencia bella donde las haya, y buscar, en el camino, esa ansiada vocación.  Pero hay muchos que ya lo han sentido así, y hablo desde la experiencia directa con ellos.  Se les ve en los ojos.  Ese sentimiento solidario y desinteresado que te mantiene en consulta media hora más del horario porque alguien espera que le ayudes con sus problemas.  Esa buena intención que te convierte no sólo en curandero, sino también en psicólogo, confesor, consejero y a veces incluso en amigo.  Y es que esos jóvenes de 18 años que deciden emprender la larga carrera médica, con su obligación de seguir estudiando incluso una vez acabada (y probablemente de por vida) no lo hacen por dinero, privilegios o prestigio social (entre otras cosas porque no recibirán ninguno de ellos), lo hacen por lo mismo que hacemos nosotros cuando dejamos sentarse a un anciano en el metro o cuando devolvemos el cambio que nos han dado de más en el súper.  Es por algo que la palabra Hospital viene de "hospicio", lugares de beneficiencia para los que carecían de recursos.  Los médicos no salvan vidas por interés científico; salvan personas por amor a la vida.

Dicho esto, debo admitir que, como en todos los sectores de esta nuestra sociedad, no todo es maravilloso e idílico.  Por supuesto que hay médicos déspotas, interesados únicamente en las patologías, que miran al paciente como quien mira un trozo de carne.  También están esas máquinas quirúrgicas, médicos tan superespecializados que se centran únicamente en su ámbito de especialización (la esquina lateral de la uña del dedo meñique del pie derecho, por ejemplo) y no dejan espacio para la persona que tienen delante.  Pero no hay que olvidar que estos casos son vestigiales, altamente infrecuentes comparados con el número de profesionales de la salud que se desviven para mejorar las vidas de los que acuden a ellos.  Y es que cuando entramos en un hospital, nos ponemos en las manos de todo tipo de especialistas (enfermeras/os, secretarias/os, médicos, residentes...) que han decidido dedicar su vida al cuidado de los demás.  Lo diré una vez más: han (o hemos) decidido dedicar su vida al cuidado de los demás.  Independientemente del resto de factores que hayan llevado a esta decisión, el hecho de hacerla demuestra que los profesionales de la salud merecen todo el respeto y la confianza que se les pueda dar; al fin y al cabo, se la debemos.

A veces me pregunto si la Medicina tiene sentido.  Me explico: su único propósito es evitar que la naturaleza siga su curso, interrumpir los procesos metabólicos de otros organismos o sustancias que, por desgracia, interfieren con los nuestros, y eso es algo bastante serio (considerando todos los males del mundo actual).  Generalmente acabo pensando en otra cosa, porque es difícil encontrar una respuesta que satisfazca todos los interrogantes.  Pero hay veces en que imagino la sonrisa de una madre que abraza a su hijo recién dado de alta, o la satisfacción de ése hombre que consigue, gracias a una prótesis, volver a caminar, o las lágrimas del padre que mira a través del cristal a su hija recién nacida en la incubadora; y sé, a ciencia cierta, que he tomado la mejor decisión de mi vida.  Porque ésta es la más bella de todas las ciencias.  Es la ciencia del amor a lo humano, de las segundas oportunidades, de las despedidas y de las bienvenidas, de la risa y del llanto, de las malas noticias, de las buenas noticias, de las noches en vela, de las llamadas a última hora, los suspiros, los buenos deseos, los ramos de flores y cajas de bombones, de las escayolas dedicadas, de las gafas y lentillas, de los accidentes, los abrazos, y las miradas.

Es la ciencia que vive con nosotros.  Es la ciencia de la vida.