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Wednesday, January 30, 2013

30 de Enero

Hace demasiado tiempo que no me paso por aquí. Por lo menos, demasiado sin dejar constancia de ello, ya que tengo el blog lleno de borradores escritos entre entrada y entrada, que nunca llegarán a publicarse. Ahí están, semiescondidos, esperando el día en que una extraña curiosidad me empuje a abrirlos de nuevo y empaparme de sus recuerdos, como si hubieran sido relegados a una función más modesta de la que originalmente estaban destinados a tener.

¿Existe la felicidad vacía? Es la única manera de describir cómo me siento estas últimas semanas. Felicidad vacía... un estado de bienestar en todos los aspectos de la vida -desde lo material hasta lo afectivo, pasando por lo intelectual- que, sin embargo, no produce sensación de plenitud, ni sonrisas al despertar, ni ataques de alegría injustificados. Una especie de programa perfecto que garantiza los puntos básicos para una "buena vida" pero te deja siempre con ganas de más. Y así paso los días, cumpliendo con mis obligaciones y cultivando todo aquello que considero importante en mi vida, con cuidado de que todo esté pulcramente ordenado.

Pero llega la noche y se cuela entre las mantas un frío que no tiene que ver con la temperatura, pero con un efecto parecido. Me encojo sobre mí mismo, me tapo hasta arriba y evito pensar. Porque pensar siempre es el mayor problema en estos casos. Piensas, piensas, pero no llegas a ninguna conclusión. Te adentras en caminos que acaban en una gran nada vacía, que te recuerda aquellos años en que pensar antes de dormir era la causa de una angustia existencial desesperada. Y así, sumergido en un océano de pliegues de tela, lejos de la superficie en la que brillan las reflexiones conscientes que tanto me asustan, la realidad se desvanece y se hace sueño.

Inevitablemente, el despertador tira del tapón y el mar entero se va por el desagüe. Vuelvo a ser un saco de órganos sobre una cama apenas deshecha, con tantas dudas como miedos.