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Saturday, November 3, 2012

La esperanza es lo último que...

Esta mañana ha llovido de nuevo. Ahora, las -todavía intensamente verdes- hojas del árbol que me saluda tras la ventana están cubiertas de pequeñas manchas de agua, espolvoreadas sin orden ni intención. Pero si me quedo mirándolas, veo que no todas han tenido la misma suerte; algunas brillan, ebrias de humedad y de vida, mientras otras -las que se escondían en medio del ramaje, a cubierto del viento y del agua- parecen fantasmas verdes mate, secas y sucias por el polvo de la gran ciudad, mirando hacia abajo como si pensaran en saltar. Es inevitable establecer la relación con lo que acabo de leer.

Lo reconozco, pude haberlo leído antes. Tal vez, incluso haber comentado algo cuando aún no se había cerrado la oportunidad. No habría servido de nada, supongo. ¿O sí? ¿Sirve de algo que un completo desconocido te diga que la esperanza no debe perderse nunca, como si una frase tan desgastada fuese a tener, en sus desinteresadas palabras, una acogida diferente? No puedo saberlo, al igual que no puedo saber absolutamente nada de lo que piensa el resto del mundo. Pero puedo imaginar que, por analogía con lo que a mí me sucedió, sea cierto. El desinterés puede mover montañas. Y en el fondo, cuanto más lo pienso más cierto me parece: porque vivimos en un mundo cuyo motor principal es el interés, tanto laboral y económico como emocional y social. El interés mueve nuestros actos y nos propone metas, nos empuja a ser agradables, buenos y educados, nos erige como personas civilizadas capaces de perseguir una vida plena. El interés es necesario para vivir, pero, ¿y si el desinterés fuese la clave para vivir juntos?

Recuerdo la noche de mi graduación como una de las más extrañas de mi vida, aunque más que por la noche en sí es por la madrugada que la siguió (aunque algunos digan que no fue de madrugada, sino por la mañana, porque había sol). Mi cabeza estaba llena de intereses -tanto míos como de otros- luchando por vencerse unos a otros y tomar las riendas de mi futuro. No sabía qué hacer, como seguí sin saberlo durante mucho tiempo después. Pero las palabras de un desconocido hicieron revivir lo que hacía mucho que había perdido: las ganas de encontrarme. No fue un discurso grandioso ni una labia asombrosa lo que lo consiguió -porque hablamos de una discusión teñida por el alcohol y la depresión postfiesta- sino el desinterés de sus consejos, la falta de una meta en sus ideas. ¿Qué movía a aquel desconocido a perder su tiempo en un diálogo sin sentido ni dirección? Absolutamente nada, o por lo menos nada que pudiese suponer un interés para él o para su mundo. Y por eso le di la importancia que tuvo y tendrá.

Su desinterés hizo que todo lo que salía de su boca tuviese más verdad, no por ser un saber objetivo -que no lo era- sino por su pureza de intención, de manera que no había forma de escapar a su sentido. Cuando te hablan de la vida de forma tan real no hay lugar donde esconderse, no queda otra que escuchar, pensar, y responder con el mismo desinterés que has recibido. No te queda otra que comprender la necesidad de encontrarte, de buscar tus intereses con conciencia, adecuándolos a tus ideas y esperanzas de futuro; de revitalizarte y planear nuevos caminos, sin conformarte con lo que habías pensado hasta el momento.

Estoy escribiendo demasiado en clave, y lo siento porque seguramente no entenderás nada de esto. Lo único que espero es que este FINAL no suponga el cese de la búsqueda, que no te estanques en lo gris del presente, porque aunque no llueva sobre todas las hojas por igual, la savia siempre encuentra el camino hacia las hojas olvidadas. Te debo más de lo que pensaba, aunque nada tenga ningún propósito -o, mejor dicho, gracias a ello-, y aunque sea en parte interesado -por el interés del agradecimiento-, quiero decirte con todo el desinterés del mundo que la esperanza es lo último que se pierde.

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