Me sentía condenado. Como uno de esos vasos que colocas sobre la cazuela llena de agua en la fregadera, flotando y balanceándome para no sumergirme. Con cada balanceo el vaso intenta ganar estabilidad, contrarrestar las fuerzas y evitar, a toda costa, el naufragio. Pero cada balanceo acerca su borde al agua, un poquito demasiado, sólo un poco, suficiente para que el agua penetre durante medio segundo directa al fondo de cristal. Con el primer balanceo, unas gotas, que tiran hacia el plateado suelo; con el segundo, un poco más del mortal veneno incoloro, que empuja la nave hacia el abismo. Un último balanceo y el vaso colapsa, rápido y en silencio se hunde como una pesada luna en el horizonte.
Y yo observaba la fatídica inmersión, apoyado en la encimera, incapaz de impedir el predecible desenlace. Los restos de la tragedia yacían ante mis ojos, anegados, difuminados sus contornos fantasmales. La cocina, sumida en el más solemne de los silencios. No se oían ni las olas.
Tuesday, January 31, 2012
Monday, January 23, 2012
Moonriver
Tal vez estoy desperdiciando esta preciosa canción como título de una entrada tan falta de contenido como de proyecto. Sólo quiero dejar constancia de este momento, escuchando, pensando y dejándome llevar en sueños. Recordando esos momentos en los que el cielo de Pamplona se llenaba de estrellas, por un momento... a dónde quiera que vayas, iré contigo. ¡Hay tanto mundo por ver! Y ahora pasamos a Edith Piaf con "La vie en rose". Debo de haber apretado el botón de autodestrucción. El semáforo está en rojo. ¿Puedo esperar?
Vaya tontería. Quedó claro hace tiempo que la primavera no dura para siempre, y ahora, escuchando "Je l'aime a mourir", de un inigualable Frances Cabrel, me imagino todos los posibles finales de la historia. ¿Sirve de algo? Por supuesto que no, la historia terminó con la última página del libro, y no tiene sentido alargar un prólogo invisible. Demasiadas líneas sin sentido, escondidas en la noche y en el tiempo, para nunca ser encontradas. Pero nunca quise eso, claro que no, aunque tampoco sabría decir qué quise exactamente. La vida es una ruleta en la que jugamos todos. Tengo que irme. Adiós. Adiós.
Vaya tontería. Quedó claro hace tiempo que la primavera no dura para siempre, y ahora, escuchando "Je l'aime a mourir", de un inigualable Frances Cabrel, me imagino todos los posibles finales de la historia. ¿Sirve de algo? Por supuesto que no, la historia terminó con la última página del libro, y no tiene sentido alargar un prólogo invisible. Demasiadas líneas sin sentido, escondidas en la noche y en el tiempo, para nunca ser encontradas. Pero nunca quise eso, claro que no, aunque tampoco sabría decir qué quise exactamente. La vida es una ruleta en la que jugamos todos. Tengo que irme. Adiós. Adiós.
Tuesday, December 27, 2011
Soneto
Siempre igual. Es llegar a ciertas horas de la noche y mi ser entero se transforma. Poesía, poesía... un ansiado sueño imposible en el presente, tan real en el pasado. Pero el sueño persiste, está ahí, escondido, esperando las horas justas para atacar cuando estoy desprevenido, acabando con toda resistencia a su paso; me sujeta, me zarandea, me hace suyo. ¿Cómo impedirle fluir hacia mi alma? Y así, como quien no quiere la cosa, a las 2 de la mañana empiezo un soneto, sin orden de Violante o ningún otro, por simple (o complicada) obligación espiritual (entiéndase como se quiera entender).
Sin más preámbulo, os transcribo el soneto a continuación. Pero antes, una breve explicación. La historia, si así puede llamarse, describe el desconcierto del poeta, que ha caído enamorado de alguien que jamás podrá corresponderle. Así, los ojos de la persona amada son fríos, ciegos, inertes al sentimiento del poeta; un cielo perverso que destruye la vida, y sin embargo pospone la muerte. Y es que incluso encadenado a esa fría e insensible alma, el poeta todavía atisba una chispa de esperanza; no es suficiente para soñar libre, pero lo mantiene en vilo, esperando nuevos datos que le permitan salir del abismo de la incertidumbre. Por eso el poeta implora secreto; es consciente de que su amor se ha sentido, mas no quiere que nadie descubra que se ha enamorado de un imposible, que su loca pasión se ha echado a perder en torbellino, por lo que pide silencio y mentira. Pero, ¿podrán sus palabras borrar de la mirada el brillo de su alma cautiva? Ni siquiera el escritor lo sabe.
Sin más preámbulo, os transcribo el soneto a continuación. Pero antes, una breve explicación. La historia, si así puede llamarse, describe el desconcierto del poeta, que ha caído enamorado de alguien que jamás podrá corresponderle. Así, los ojos de la persona amada son fríos, ciegos, inertes al sentimiento del poeta; un cielo perverso que destruye la vida, y sin embargo pospone la muerte. Y es que incluso encadenado a esa fría e insensible alma, el poeta todavía atisba una chispa de esperanza; no es suficiente para soñar libre, pero lo mantiene en vilo, esperando nuevos datos que le permitan salir del abismo de la incertidumbre. Por eso el poeta implora secreto; es consciente de que su amor se ha sentido, mas no quiere que nadie descubra que se ha enamorado de un imposible, que su loca pasión se ha echado a perder en torbellino, por lo que pide silencio y mentira. Pero, ¿podrán sus palabras borrar de la mirada el brillo de su alma cautiva? Ni siquiera el escritor lo sabe.
Oscuros dardos de rosa encantada,
Envueltos en vapor de nube y verso,
Constantes, fríos como el universo,
Atentos, ciegos. Una inmensa nada.
Constantes mas fugaces. Desterrada
La sombra de virtud. Cielo perverso
De sueños huecos, donde me hallo inmerso
Y eternamente, mi alma, encadenada.
Filo mortal de brillo, voz gastada,
Bastión de la esperanza, muerta o viva,
Protege el artificio en tu fachada.
Mantén la luz, abrázala cautiva,
Pues nadie ha de advertir en tu mirada
Que mi alma ha anclado al fin en tu deriva.
Saturday, December 10, 2011
Poema
Encontrar en tus labios un suspiro
e imaginar su causa en mi mirada.
Sentir la fiebre inmensa, ciega, absurda
que luego se reduce a mera nada.
Los astros caen, relucen y mueren,
pues tal es su destino de saeta.
Y así mi corazón soñaba, libre,
tan libre que, por no dormir, despierta.
Y al despertar, el gris del cielo alerta
no quedan más estrellas en la noche
la luna vuela sola, azul y muerta.
Abro los ojos en oscuro eterno
y el corazón, perdido en la batalla
se duerme en el colchón del frío invierno.
e imaginar su causa en mi mirada.
Sentir la fiebre inmensa, ciega, absurda
que luego se reduce a mera nada.
Los astros caen, relucen y mueren,
pues tal es su destino de saeta.
Y así mi corazón soñaba, libre,
tan libre que, por no dormir, despierta.
Y al despertar, el gris del cielo alerta
no quedan más estrellas en la noche
la luna vuela sola, azul y muerta.
Abro los ojos en oscuro eterno
y el corazón, perdido en la batalla
se duerme en el colchón del frío invierno.
Friday, November 11, 2011
Sobre la Medicina (I)
Querido blog, queridos lectores, por respeto hacia vosotros evitaré todo tipo de excusas estilo "siento no haber escrito hasta ahora", entre otras cosas porque si no he escrito hasta ahora es porque no me ha dado la gana, y punto. Pero algo me ha hecho cambiar de opinión, algo bastante sencillo y rápido, tan usual e intranscendente como una pequeña discusión. Ya sabéis, esas discusiones en las que tú intentas mantener la calma (o eso crees) y mantener un debate más o menos formal, mientras tu interlocutor profiere gritos y acusaciones sin fundamento que interrumpen tu línea de razonamiento. Pues bien, me ha pasado ahora mismo, pero lo interesante del caso es que tenía que ver con la Medicina, y eso es algo de lo que no he escrito todavía.
Había oído, y temido, que gran parte de la población española no se fía de los "matasanos" de turno, de amenazas contra personal sanitario, violencia física, psicológica, insultos, demandas y demás. Como suele ocurrir con este tipo de cosas, uno las imagina lejanas, irreales, algo así como la guerra de Iraq, reportajes de telediario que una vez acaban mandamos directos al baúl de los recuerdos. Pero resulta que estaba equivocado, el desprecio hacia la más antigua y valiosa de las profesiones es un hecho, y puedo probarlo. ¿Qué me diríais si os hablase de estudiantes universitarios, en proceso de formación intelectual avanzada y ya legalmente adultos, que consideran al sector médico poco más que una panda de científicos chiflados? Pues es cierto, y aunque no diré nombres, me avergüenza y me duele en lo más profundo del alma. Palabras como "esos sólo buscan experimentar y probar cosas nuevas, no les importa la persona que tienen delante" o "sólo quieren operar para divertirse" hacen que uno se plantee de veras si vale la pena seguir con esto. Y es que la Medicina no tiene sentido si los futuros pacientes mantienen estas opiniones.
Lo admito, yo no estoy estudiando Medicina por vocación; no he sentido esa "llamada de socorro" que te empuja a auxiliar al enfermo y aliviar al dolorido. Yo soy de esos que pretenden aprender, estudiar una ciencia bella donde las haya, y buscar, en el camino, esa ansiada vocación. Pero hay muchos que ya lo han sentido así, y hablo desde la experiencia directa con ellos. Se les ve en los ojos. Ese sentimiento solidario y desinteresado que te mantiene en consulta media hora más del horario porque alguien espera que le ayudes con sus problemas. Esa buena intención que te convierte no sólo en curandero, sino también en psicólogo, confesor, consejero y a veces incluso en amigo. Y es que esos jóvenes de 18 años que deciden emprender la larga carrera médica, con su obligación de seguir estudiando incluso una vez acabada (y probablemente de por vida) no lo hacen por dinero, privilegios o prestigio social (entre otras cosas porque no recibirán ninguno de ellos), lo hacen por lo mismo que hacemos nosotros cuando dejamos sentarse a un anciano en el metro o cuando devolvemos el cambio que nos han dado de más en el súper. Es por algo que la palabra Hospital viene de "hospicio", lugares de beneficiencia para los que carecían de recursos. Los médicos no salvan vidas por interés científico; salvan personas por amor a la vida.
Dicho esto, debo admitir que, como en todos los sectores de esta nuestra sociedad, no todo es maravilloso e idílico. Por supuesto que hay médicos déspotas, interesados únicamente en las patologías, que miran al paciente como quien mira un trozo de carne. También están esas máquinas quirúrgicas, médicos tan superespecializados que se centran únicamente en su ámbito de especialización (la esquina lateral de la uña del dedo meñique del pie derecho, por ejemplo) y no dejan espacio para la persona que tienen delante. Pero no hay que olvidar que estos casos son vestigiales, altamente infrecuentes comparados con el número de profesionales de la salud que se desviven para mejorar las vidas de los que acuden a ellos. Y es que cuando entramos en un hospital, nos ponemos en las manos de todo tipo de especialistas (enfermeras/os, secretarias/os, médicos, residentes...) que han decidido dedicar su vida al cuidado de los demás. Lo diré una vez más: han (o hemos) decidido dedicar su vida al cuidado de los demás. Independientemente del resto de factores que hayan llevado a esta decisión, el hecho de hacerla demuestra que los profesionales de la salud merecen todo el respeto y la confianza que se les pueda dar; al fin y al cabo, se la debemos.
A veces me pregunto si la Medicina tiene sentido. Me explico: su único propósito es evitar que la naturaleza siga su curso, interrumpir los procesos metabólicos de otros organismos o sustancias que, por desgracia, interfieren con los nuestros, y eso es algo bastante serio (considerando todos los males del mundo actual). Generalmente acabo pensando en otra cosa, porque es difícil encontrar una respuesta que satisfazca todos los interrogantes. Pero hay veces en que imagino la sonrisa de una madre que abraza a su hijo recién dado de alta, o la satisfacción de ése hombre que consigue, gracias a una prótesis, volver a caminar, o las lágrimas del padre que mira a través del cristal a su hija recién nacida en la incubadora; y sé, a ciencia cierta, que he tomado la mejor decisión de mi vida. Porque ésta es la más bella de todas las ciencias. Es la ciencia del amor a lo humano, de las segundas oportunidades, de las despedidas y de las bienvenidas, de la risa y del llanto, de las malas noticias, de las buenas noticias, de las noches en vela, de las llamadas a última hora, los suspiros, los buenos deseos, los ramos de flores y cajas de bombones, de las escayolas dedicadas, de las gafas y lentillas, de los accidentes, los abrazos, y las miradas.
Es la ciencia que vive con nosotros. Es la ciencia de la vida.
Había oído, y temido, que gran parte de la población española no se fía de los "matasanos" de turno, de amenazas contra personal sanitario, violencia física, psicológica, insultos, demandas y demás. Como suele ocurrir con este tipo de cosas, uno las imagina lejanas, irreales, algo así como la guerra de Iraq, reportajes de telediario que una vez acaban mandamos directos al baúl de los recuerdos. Pero resulta que estaba equivocado, el desprecio hacia la más antigua y valiosa de las profesiones es un hecho, y puedo probarlo. ¿Qué me diríais si os hablase de estudiantes universitarios, en proceso de formación intelectual avanzada y ya legalmente adultos, que consideran al sector médico poco más que una panda de científicos chiflados? Pues es cierto, y aunque no diré nombres, me avergüenza y me duele en lo más profundo del alma. Palabras como "esos sólo buscan experimentar y probar cosas nuevas, no les importa la persona que tienen delante" o "sólo quieren operar para divertirse" hacen que uno se plantee de veras si vale la pena seguir con esto. Y es que la Medicina no tiene sentido si los futuros pacientes mantienen estas opiniones.
Lo admito, yo no estoy estudiando Medicina por vocación; no he sentido esa "llamada de socorro" que te empuja a auxiliar al enfermo y aliviar al dolorido. Yo soy de esos que pretenden aprender, estudiar una ciencia bella donde las haya, y buscar, en el camino, esa ansiada vocación. Pero hay muchos que ya lo han sentido así, y hablo desde la experiencia directa con ellos. Se les ve en los ojos. Ese sentimiento solidario y desinteresado que te mantiene en consulta media hora más del horario porque alguien espera que le ayudes con sus problemas. Esa buena intención que te convierte no sólo en curandero, sino también en psicólogo, confesor, consejero y a veces incluso en amigo. Y es que esos jóvenes de 18 años que deciden emprender la larga carrera médica, con su obligación de seguir estudiando incluso una vez acabada (y probablemente de por vida) no lo hacen por dinero, privilegios o prestigio social (entre otras cosas porque no recibirán ninguno de ellos), lo hacen por lo mismo que hacemos nosotros cuando dejamos sentarse a un anciano en el metro o cuando devolvemos el cambio que nos han dado de más en el súper. Es por algo que la palabra Hospital viene de "hospicio", lugares de beneficiencia para los que carecían de recursos. Los médicos no salvan vidas por interés científico; salvan personas por amor a la vida.
Dicho esto, debo admitir que, como en todos los sectores de esta nuestra sociedad, no todo es maravilloso e idílico. Por supuesto que hay médicos déspotas, interesados únicamente en las patologías, que miran al paciente como quien mira un trozo de carne. También están esas máquinas quirúrgicas, médicos tan superespecializados que se centran únicamente en su ámbito de especialización (la esquina lateral de la uña del dedo meñique del pie derecho, por ejemplo) y no dejan espacio para la persona que tienen delante. Pero no hay que olvidar que estos casos son vestigiales, altamente infrecuentes comparados con el número de profesionales de la salud que se desviven para mejorar las vidas de los que acuden a ellos. Y es que cuando entramos en un hospital, nos ponemos en las manos de todo tipo de especialistas (enfermeras/os, secretarias/os, médicos, residentes...) que han decidido dedicar su vida al cuidado de los demás. Lo diré una vez más: han (o hemos) decidido dedicar su vida al cuidado de los demás. Independientemente del resto de factores que hayan llevado a esta decisión, el hecho de hacerla demuestra que los profesionales de la salud merecen todo el respeto y la confianza que se les pueda dar; al fin y al cabo, se la debemos.
A veces me pregunto si la Medicina tiene sentido. Me explico: su único propósito es evitar que la naturaleza siga su curso, interrumpir los procesos metabólicos de otros organismos o sustancias que, por desgracia, interfieren con los nuestros, y eso es algo bastante serio (considerando todos los males del mundo actual). Generalmente acabo pensando en otra cosa, porque es difícil encontrar una respuesta que satisfazca todos los interrogantes. Pero hay veces en que imagino la sonrisa de una madre que abraza a su hijo recién dado de alta, o la satisfacción de ése hombre que consigue, gracias a una prótesis, volver a caminar, o las lágrimas del padre que mira a través del cristal a su hija recién nacida en la incubadora; y sé, a ciencia cierta, que he tomado la mejor decisión de mi vida. Porque ésta es la más bella de todas las ciencias. Es la ciencia del amor a lo humano, de las segundas oportunidades, de las despedidas y de las bienvenidas, de la risa y del llanto, de las malas noticias, de las buenas noticias, de las noches en vela, de las llamadas a última hora, los suspiros, los buenos deseos, los ramos de flores y cajas de bombones, de las escayolas dedicadas, de las gafas y lentillas, de los accidentes, los abrazos, y las miradas.
Es la ciencia que vive con nosotros. Es la ciencia de la vida.
Sunday, October 2, 2011
Pacto con el diablo
Y entonces tendrás que ser mío y estremecerte ante la inmensa omnipotencia (...) que vuelve ilusorio al orden del mundo. Y después, si te animas, tendrás que comprender cómo te atraje a la trampa, porque al fin y al cabo te lo fui diciendo paso a paso, te avisé claramente que te estaba llevando a la perdición, pero lo bonito de los pactos con el diablo es que se firman sabiendo bien con quién se trata. Si no, ¿por qué el premio sería el infierno?
Umberto Eco, El Nombre de la Rosa
Umberto Eco, El Nombre de la Rosa
Sunday, June 5, 2011
De madrugada
Para qué negarlo, a veces pasan cosas que te obligan a pararte y pensar. Puede ser por diferentes motivos, pero ninguno es tan surrealista como los encuentros con desconocidos, volviendo a casa de madrugada. Al final acabas metiéndote en la cama, con los ojos abiertos y sin poder frenar el flujo de ideas que te taladra la cabeza. Que si Ciencias Biomédicas, porque Periodismo no te vale para nada, o Ciencias Políticas, porque podrías cambiar el mundo... soñadores, eso es lo que son esos desconocidos que te incitan a pensar. ¿Cambiar el mundo? El mundo es un cambio continuo esperando ser moldeado, y si ahora se tiene esa necesidad de algo diferente es porque generaciones anteriores no lo moldearon de la forma adecuada.
Pero a lo que iba, que no necesito elegir todavía. Va para ti. No saber hacia dónde voy no significa que no vaya a llegar a ninguna parte. Camino sin rumbo, sí, y eso incluye una alta probabilidad de perderme por el camino, pero debo arriesgarme. Una vez fijas tu destino, tienes que seguir los carteles, las señalizaciones y los mapas para conseguir llegar; y si gastas tu tiempo en cosas como esas, te pierdes lo que de verdad importa. La carretera, el viento por la ventanilla, el atardecer en la espalda, las estrellas, y todo lo que forma parte del camino... ¿Qué sentido tiene perseguir un fin, si la belleza está en el viaje?
Suena típico, pero la vida es eso, el camino, ¿no? Y si piensas que eres un fracaso, lo serás. Pero si un día te levantas y decides recuperar tu vida, entonces nada puede pararte. Me atrevería a decir que incluso los profesores para lo "peor de la sociedad" pueden cambiar el mundo, su mundo. Al fin y al cabo, la realidad no es más que un choque entre individualidades; la totalidad depende de cada uno de nosotros.
Punto y aparte, la poesía. ¿Qué tiene de malo? Concedo este pequeño paréntesis en prosa, pero no me olvido de ella. La verdad, no puedo concebir un mundo en el que la única vía de expresión fuese el discurso razonado. Llamadme loco, pero, ¿quién no siente alguna vez el deseo de cantar en medio de la calle? ¿De subirse a un banco y gritar a pleno pulmón cualquier melodía? El ser humano necesita el arte, la belleza, para vivir. Lo cual, por cierto, me lleva al principio.
Si lees esto, gracias por la conversación de la otra noche. Probablemente la situación más absurda de mi vida, pero tuvo su gracia. Y respecto a lo de "fracasado", siento quitarte la razón, pero en algo cambiaste mi mundo.
Así que ya sabes: "Sé tú el cambio que quieres ver en el mundo." (Ghandi)
Pero a lo que iba, que no necesito elegir todavía. Va para ti. No saber hacia dónde voy no significa que no vaya a llegar a ninguna parte. Camino sin rumbo, sí, y eso incluye una alta probabilidad de perderme por el camino, pero debo arriesgarme. Una vez fijas tu destino, tienes que seguir los carteles, las señalizaciones y los mapas para conseguir llegar; y si gastas tu tiempo en cosas como esas, te pierdes lo que de verdad importa. La carretera, el viento por la ventanilla, el atardecer en la espalda, las estrellas, y todo lo que forma parte del camino... ¿Qué sentido tiene perseguir un fin, si la belleza está en el viaje?
Suena típico, pero la vida es eso, el camino, ¿no? Y si piensas que eres un fracaso, lo serás. Pero si un día te levantas y decides recuperar tu vida, entonces nada puede pararte. Me atrevería a decir que incluso los profesores para lo "peor de la sociedad" pueden cambiar el mundo, su mundo. Al fin y al cabo, la realidad no es más que un choque entre individualidades; la totalidad depende de cada uno de nosotros.
Punto y aparte, la poesía. ¿Qué tiene de malo? Concedo este pequeño paréntesis en prosa, pero no me olvido de ella. La verdad, no puedo concebir un mundo en el que la única vía de expresión fuese el discurso razonado. Llamadme loco, pero, ¿quién no siente alguna vez el deseo de cantar en medio de la calle? ¿De subirse a un banco y gritar a pleno pulmón cualquier melodía? El ser humano necesita el arte, la belleza, para vivir. Lo cual, por cierto, me lleva al principio.
Si lees esto, gracias por la conversación de la otra noche. Probablemente la situación más absurda de mi vida, pero tuvo su gracia. Y respecto a lo de "fracasado", siento quitarte la razón, pero en algo cambiaste mi mundo.
Así que ya sabes: "Sé tú el cambio que quieres ver en el mundo." (Ghandi)
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